Unidad y dualidad en el hombre
Hugo, siguiendo a San Agustín, concede la primacía a la experiencia interna. La razón distingue, y lo primero que distingue es lo visible y lo invisible. El pensamiento, en efecto, se. ve o se percibe con una certeza absoluta, pero, a! no ser perceptible por la vista, se ve que no puede ser más que invisible. Con los ojos no se puede tener experiencia más que del cuerpo y sólo se ve al hombre en su cuerpo. Pero, puesto que, en lo que se ve, se percibe lo que no se ve, deducimos en el hombre dos naturalezas, cuerpo y alma, reunidas juntamentert, de tal manera que el cuerpo es, por así decirlo, el signo o el símbolo del alma M.
Cuerpo y alma, el hombre es una sola persona: la conciencia, que no percibe el cuerpo sin el alma consciente, ni el alma consciente sin el cuerpo, atestigua nuestra unidad radical. No obstante, s: esta unidad se dice una persona es por el espíritu racional, que se discierne por la razón y se distingue numéricamente de lo demás. El alma tiene por sí mUma el ser de persona; »i por consiguiente se asocia un cuerpo, éste no "compone" con ella una persona total, sino que se le "inserta" y extrae de esta unión su propia dignidad personal.
Perteneciendo el cuerpo y el alma a órdenes diferentes, úñense por una armonía radical, a semejanza de dos melodías que marchan acordes y de las que una es el símbolo visible de la otra.
Como Boecio. Hugo explica la unión del cuerpo y del alma por los principios estéticos de la música, y desarrolla, a este propósito, una curiosa teoría del Homo quadratus M. Efectos de la Belleza divina, tanto los cuerpos como las almas deben reflejar la armonía suprema. La cifra del alma es el impar, número determinado y perfecto, y la del cuerpo el par, principio de indeterminación y de imperfección.
Cuando se considera la acción vital u organizadora de cada uno de estos principios, se descubre su desarrollo siguiendo el número el constitutivo de la década, por cuatro operaciones fundamentales. El espíritu es esencialmente unidad indivisible y esta unidad se expansiona en las tres facultades principales del alma (1 x 3); ésta organiza el cuerpo y constituye la sensibilidad que se sirve de los nueva ; orificios del organismo (3 x 3 = 9); la sensibilidad se expansiona hacia fuera, buscando captar el mundo exterior (3 x 9 = 27); y, después, retornando sobre sí misma, se deleita en su intuición total en un último movimiento en que reaparece la unidad (27x3 = 81, es decir 80, numero de la vida mortal, y 1, símbolo del espíritu. En cuanto a las operaciones materiales del cuerpo, están dominadas por el número dos. La materia se constituye por los cuatro elementos (2 x 2 = 4), luego los elementos, al mezclarse, dan origen a los humores principales (4 x 2 = 8) y éstos sin duda crean los grandes órganos corporales, pero Hugo ya no desarrolla más la alegoría. Basta recordar que tanto el cuerpo como el alma son armonías ambos.
Se unen por el acorde melafísico. Este acorde se expresa no por lazos materiales, por los que el cuerpo agravaría al alma, sino por sentimientos fundamentales, por los que el alma, que es esencialmente consciente, se "liga" al cuerpo. El acorde psico-fisiológico es esencialmente amor y gozo. Siendo armonía en sí misma, el alma ama naturalmente la armonía exterior a ella y en primer lugar la del cuerpo que se le adapta. En el hombre ambas bellezas de orden diferente se emparejan y compenetran: pero la unión brota del amor del espíritu por la armonía. Morir no es más que perder la armonía radical del cuerpo y obligar al alma a alejarse con todo lo que posee del desorden, de la fealdad y de la descomposición.
Eso que corresponde a la armonía vital, que acorda ambas armonías una a la otra, es, según Hugo, la affectio imaginaria. Ésta se encuentra en el medio, entre lo puramente corporal y lo puramente espiritual; exactamente como para Ricardo una cierta "imaginatio" oscila entre el sentido carnal y la razón. Según textos bastante explícitos hay, pues, que concluir que la pasión no es puramente animal ni puramente espiritual: nace del amor natural y necesario del espíritu por la armonía realizada en el cuerpo y del gozo fundamental que de ella resulta. Siendo espiritual, porque es formalmente amor de la armonía y odio al desorden, la pasión es totalmente carnal por su objeto primero.
Y lo mismo pasa, a nuestro parecer, con la imaginación. Ésta es animal —"bestialis", dice Ricardo—, por la materia que retiene y reproduce (imaginatio reparatrix), pero está penetrada de razón y de inteligencia, aun ignorándolo, en la medida en que, creadora, combina y proporciona imágenes en conjuntos ordenados (imaginatio formatrix seu moderatrix).
La conciencia sintética que llamaríamos intuición emotiva o sentimiento intuitivo presenta, como lo indica la expresión "affectio imaginaria", dos aspectos fundamentales, uno representativo y otro afectivo. A las percepciones sensibles y aun a las imágenes vagas o sistematizadas corresponden emociones o movimientos pasionales variados. Al sensus responde el affectus, a la imaginatio la sensualitas, a la ratio la affectio. Toda captación de una forma objetivamente armoniosa engendra, en la armonía que es esencialmente el espíritu, una emoción amorosa que be expande en placer. El gozo de las armonías del mundo sensible percibido o imaginado no es, pues, más que la prolongación natural del placer corporal que constituye la base de la vida afectiva del hombre. Pero tratándose del mundo exterior o del cuerpo, toda delectación proviene ontológicamente del hecho de que el alma reconoce la armonía de su propia estructura en la materia por ella descubierta. Los Victorinos se colocan, pues, en la línea de la gran familia platónica que desde Plotino, Agustín y Boecio se extiende hasta Herder v a los teóricos de la "Einfühlung".
¿Qué bienes son los que el alma iversigue con una pasión natural y en los que verdaderamente se deleita? Son de cuatro tipos: necesarios, útiles, confortables y agradables. El pensamiento de Hugo carece aquí de firmeza: tan pronto coloca los cuatro tipos en el mismo género de cosas que "sirven" al hombre e implícitamente enfoca el dominio de la práctica y del bien, como opone las cosas que nos son útiles a aquellas de las que gozamos pura y simplemente, queriendo distinguir al parecer lo práctico Je lo estético. Pero aún entonces su pensamiento permanece impreciso porque se cierra en las cosas: las formas objetivamente necesarias, ¿no nos parecen bellas en la medida en que, abstrayendo de su utilidad para nosotros, las contemplamos en si mismas? Habrá que esperar al siglo XIII para que se plantee este problema.
Sea como fuere, estos bienes en los que el alma se delieta y que excitan su pasión, se presentan tanto en el mundo espiritual como en el mundo corporal: "Ornatus est homo inlus rationalitate ad invisibilia, foris sensualitatc ad visibilia contemplanda". Aquí ya no se traía de "usar" sino de "contemplar". Por una parte interviene el homo exterior dirigido por el sensui carnis seu corporeus; por otra, surge el homo interior, dotado de visión espiritual, ocultis rationis, y que se mueve por el sensus cordis seu intellectualis. El ejercicio de la sensualidad va acompañado de placer y supone la intervención de la sensibilidad, resultante del fuego vital llegado a su suprema sutileza; el ejercicio de la racionalidad engendra la felicidad y supone una especie de luz espiritual. El fuego es el símbolo de la luz espiritual y parejamente la intuición sensible es la imagen de la intuición intelectual, y el placer carnal el signo simbólico de la dicha del alma.
Reaparece aquí la dualidad radica! del hombre y también su unidad. Porque no hay razón ni ciencia posible sin imaginación, ni hay voluntad ni sabiduría sin pasión: "sine imaginatione, ratio nihil sciret, sine sensualitate, affectio nihil saperet". La imaginatio de Ricardo y la affectio de Hugo oscilan entre lo exterior y lo interior, entre lo visible y lo invisible, lo inferior y lo superior. La cuestión está en ver dónde se fijará el hombre.
El hecho es que. en esta conciencia deleitable en que se encuentran cuerpo y alma —conciencia formalmente espiritual, pero materialmente hundida en lo sensible—, es donde nos sentimos más a gusto. Tras la caída y en nuestra presente condición, reconoce Hugo, el ojo de la contemplación se ha cerrado, el de la razón se ha vuelto perezoso y dubitativo y sólo el ojo carnal ha conservado su claridad primera y su apaciguadora certidumbre. "Solus ille oculus qui ex-tínctus non fuit, in sua claritate permansit, qui, quandiu lumen habet clarum, iudicium dubium non habet". Y lo mismo en el delicioso diálogo De arrha animae, en que se afirma en toda su generalidad el principio "No hay dicha sin amor, nemo sine amore esse beatus potest". el alma confiesa ingenuamente que extiende más fácilmente los tentáculos de su amor hacia el mundo exterior que le parece admirable y donde ve —entre todas las bellas formas que estimulan las pasiones humanas y, por el atractivo del placer, encienden los deseos— brillar el oro y las piedras preciosas, resplandecer las hermosas carnaciones, relumbrar los colores de las tapicerías y de las bellas vestiduras... Donde va el amor, allá va la mirada: contem piamos con gusto lo que amamos: en la afectividad radica la conciencia. ''Ubi amor, ibi oculus: libenter aspicimus quem multum diligimus".
Tales son los hechos. Pero el problema es usar como es debido de la naturaleza. Quédese el amor en lo sensible y se olvidará a Dios; diríjase a Dios y se desprenderá de la materia. El hombre interior no debe esclavizarse al hombre exterior sino, al contrario, la imaginación debe ponerse al servicio de la inteligencia y la sensualidad al servicio de los impulsos espirituales. En el progresivo desprendimiento no se requiere que el hombre dé totalmente la espalda a la belleza sensible: basta que la contemple y use de ella en provecho de su alma espiritual y en vistas del amor de Dios. Cosa curiosa: en este terreno, el teólogo de la "imaginatio" insiste más sobre el aspecto moral, el de la "affectio", en cambio, sobre el cognoscitivo del problema.
Para Ricardo todo el peligro procede del dominio que la sensualidad podría ejercer sobre la voluntad, porque la "sensualidad inflama la. afección del espíritu en deseos de voluptuosidades carnales y la embriaga con sus placeres". Es preciso, pues, que las pasiones sean moderadas y ordenadas, para que se tranformen en virtudes. Y del mismo modo que la razón espiritual engendra decisiones rectas, así la voluntad pura hace nacer santos deseos: "Ex ratione consilia recta, ex affectione desideria sancta. Ex illa spirituales sensus, ex isla ordinati affectus". Ésta ordena las pasiones, aquélla espiritualiza los sentidos.
El pensamiento de Hugo se desenvuelve paralelamente al de Ricardo. Cuando la imaginación quiere dominar a la razón, la nubla, la hace más oscura, la vela. El espíritu se sumerge entonces en las imágenes, se complace en ellas y a ellas se ata, recubriéndose con ellas como con una piel y, penetrada por los placeres de las cosas corporales, arrastra tras de sí el peso de la materia y se deforma con las representaciones subjetivas de la fantasía. Cuando al contrario la razón usa las imágenes dominándolas, clarifica y precisa la imaginación; sirviéndose de ella en vistas de la contemplación, la reviste como si fuera un vestido del que puede fácilmente desprenderse. Sucederá que permanece adherida a ella, pero según la naturaleza: entonces, el alma entera es arrastrada por el flujo del cambio, pero sin corromperse: solamente cuando su adhesión a las representaciones sensibles se vuelve viciosa y desordenada aparece el pecado.